En los últimos días se conoció el testimonio de Elena Makarova en Cámara Gesell en la causa conocida como “Secta Rusa”: ella no se considera “víctima de nada ni de nadie”. Sin embargo, la Fiscalía de Bariloche tiene a 21 imputados por trata de personas y reducción a la servidumbre con fines de explotación sexual con la prisión preventiva de Konstantin Rudnev, sindicado como líder de una organización internacional.
Por este tipo de aparente contradicción algunos sectores que defienden la libertad de culto y de prácticas espirituales alternativas sostienen que en este caso hay una estigmatización de los imputados por una suposición de hipótesis judicial común: si la practica espiritual es alternativa se les suele llamar secta, si eso ocurre se sospecha que puede haber víctimas con las que se cometen delitos de trata de personas con reducción a la servidumbre y la explotación sexual.
De todas maneras, ya sea el inicio de la denuncia por prejuicio o por hipótesis fundamentada, en toda causa judicial para avanzar en la acusación se tiene que mostrar algún momento pruebas contundentes. La Fiscalía de Bariloche tiene al menos hasta el 3 de abril de este añopara presentar la acusación final.
Ese cúmulo de elementos que se van a tener en cuenta incluyen la declaración en Cámara Gesell de Makarova. Ahí la joven ciudadana rusa relató su llegada a la Argentina, su embarazo, el parto y el trato que recibió por parte de autoridades y organismos estatales. Desde el inicio, declaró: “Yo vine a la Argentina para estar tranquila y dar a luz en un lugar seguro”.
Makarova explicó que llegó al país en enero de 2025, embarazada y tras haber atravesado una relación violenta en Rusia con una ex pareja. Señaló que eligió Bariloche por recomendación de conocidos y por la tranquilidad del lugar. “Mi plan era tener al bebé y volver a Rusia a las pocas semanas”, sostuvo. Según declaró, esa intención nunca fue modificada por terceros ni existió ningún tipo de condicionamiento.
Durante su testimonio, la joven remarcó en reiteradas oportunidades las dificultades de comunicación que enfrentó por no hablar español ni inglés. Dijo que dependía de traductores para relacionarse con médicos y autoridades. En ese marco, se refirió a la traductora Svetlana Komkova, a quien describió como una persona de apoyo. “Como persona es muy positiva”, expresó. También mencionó a Angelina Belyakova, hoy imputada en la causa, a quien señaló como alguien que la asistió durante su estadía.
Uno de los momentos centrales de la declaración estuvo vinculado al parto. Makarova relató que inicialmente se negó a una inducción porque quería un parto natural. “Yo no quería operación”, declaró. Sin embargo, explicó que los médicos le advirtieron que, de no realizar una cesárea, podía haber riesgos.
Según su relato, su hijo nació a las 13.15. Tras la cesárea, describió un estado de extrema debilidad, pérdida de sangre y desorientación. “No sentía las piernas, me dormía y me despertaba”, recordó. Dijo que no comprendía lo que ocurría a su alrededor porque las explicaciones eran en español y no contaba con una traducción adecuada.
Makarova denunció que, ya en la habitación con su hijo recién nacido, una mujer ingresó y se llevó su teléfono sin darle explicaciones. “Entró una mujer, me sacó el teléfono y se fue”, declaró. Poco después, dijo, llegaron policías que intentaron comunicarse con ella mediante un traductor de Google que no funcionaba correctamente. “No había comunicación”, insistió, al describir ese momento.
Consultada por el principal imputado de la causa, Konstantin Rudnev, la joven fue categórica. “No, no lo conozco”, respondió ante la pregunta directa. Aclaró que desde que estuvo en Bariloche vivió con su amiga Angelina y que se movió y trasladó con libertad en todo momento.
Otro tramo relevante del testimonio fue la descripción de su vida en refugios estatales tras el alta médica. Makarova habló de aislamiento y restricciones. Dijo que no tenía teléfono propio y que la comunicación con su madre era limitada. “Sin hablar con mi mamá, me siento mal”, expresó. También denunció condiciones precarias. “No vimos la luz del sol durante más de un mes”, declaró.
La joven relató además las dificultades cotidianas para cuidar a su hijo. Dijo que debía lavar la ropa a mano, que no siempre contaba con pañales o insumos básicos y que muchas veces comía frío porque no podía soltar al bebé. También describió episodios de ansiedad constante. “Si no escucho su respiración, me asusto y voy a ver si está vivo”, confesó.
En relación con la documentación, Makarova explicó en la Cámara Gesell que solo contaba con la partida de nacimiento de su hijo y que de parte del Hospital de Bariloche se produjeron errores en la inscripción del apellido por diferencias culturales y lingüísticas. “En Rusia se van a reír”, dijo al explicar por qué pidió que se corrigiera una letra del apellido de su hijo
Al cierre de su declaración, la joven expresó su principal pedido. “Yo quiero volver a casa”, afirmó. Solicitó que le devuelvan sus documentos, su teléfono y que le permitan regresar a Rusia con su hijo. También manifestó su deseo de reencontrarse con su familia. “Quiero estar tranquila”, reiteró.
El testimonio de Elena Makarova expone más en detalle una de las principales contradicciones del expediente: la mujer que la fiscalía presenta como presunta víctima sostiene que no fue explotada ni manipulada por nadie. Por el contrario, denunció maltrato institucional de parte de la Justicia en Argentina, incomunicación y decisiones tomadas sin que pudiera comprenderlas plenamente.