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Japón, India, Taiwán, Corea del Sur, Australia y Filipinas cuentan con capital, tecnología, recursos y capacidad industrial para ampliar su presencia en la región. El desafío es coordinar esas fortalezas y ofrecer alternativas a la creciente influencia de Beijing.
China tiene un potencial rival económico que todavía no terminó de despertar: la capacidad conjunta de las principales democracias del Indo-Pacífico.
Durante las últimas dos décadas, Beijing consolidó una presencia creciente en América Latina que excede ampliamente el intercambio comercial. Puertos, energía, minería, agricultura, infraestructura, telecomunicaciones, financiamiento y tecnología forman parte de una red de relaciones que permitió a China ganar peso estratégico en una región que durante años recibió una atención mucho menor de otras potencias.
La expansión fue sostenida y, en muchos sectores, alcanzó infraestructuras consideradas estratégicas. El puerto de Chancay, en Perú, es uno de los ejemplos más visibles. Su inauguración en 2024 reforzó la posición de ese país como un punto relevante de conexión comercial entre China y América del Sur.
La discusión sobre eventuales corredores ferroviarios que podrían conectar Brasil con el Pacífico y con Chancay muestra, además, que una inversión en infraestructura puede tener consecuencias que van mucho más allá del proyecto original: puede modificar rutas comerciales, cadenas logísticas y relaciones económicas entre distintos países.
Pero no toda inversión extranjera tiene las mismas características.
Además del volumen de capital que ingresa, importa quién lo aporta, qué tecnología incorpora, qué valor permanece en el país receptor, qué compromisos asume la empresa inversora y, especialmente, cuál es su relación con el Estado de origen.
En el caso chino, este último punto adquiere particular relevancia.
La legislación de la República Popular China establece mecanismos de cooperación entre empresas, ciudadanos y organismos estatales en materia de inteligencia y seguridad nacional. Esa estructura genera interrogantes para los países que reciben inversiones en sectores sensibles, especialmente cuando las compañías participan de infraestructura crítica, telecomunicaciones o tecnologías estratégicas.
El debate en torno a Huawei puso este problema en el centro de la discusión internacional: ¿hasta qué punto una empresa puede actuar con autonomía cuando el marco legal de su país de origen establece obligaciones de cooperación con el Estado?
Las nuevas regulaciones chinas sobre inversiones en el exterior y seguridad nacional volvieron a poner el tema sobre la mesa. Para los gobiernos latinoamericanos, la cuestión no debería reducirse a una disputa ideológica. También involucra previsibilidad jurídica, seguridad económica y protección de infraestructura estratégica.
La pregunta, entonces, es qué están haciendo las otras grandes economías del Indo-Pacífico.
Un potencial económico todavía fragmentado
Japón, Corea del Sur, Taiwán, India, Australia y Filipinas cuentan con capacidades que, combinadas, podrían generar una alternativa de enorme escala.
Japón aporta capital, tecnología, experiencia industrial y capacidad para financiar grandes proyectos de infraestructura.
Corea del Sur tiene empresas globales, manufactura avanzada, electrónica, automóviles, construcción naval y tecnología.
Taiwán concentra uno de los ecosistemas de semiconductores más sofisticados del mundo.
India suma escala, talento, servicios tecnológicos, capacidades digitales y un mercado interno de enormes dimensiones.
Australia dispone de minerales críticos, energía, capital y una ubicación estratégica en el Indo-Pacífico.
Filipinas, por su parte, combina una posición geográfica privilegiada, una población joven y fuertes vínculos económicos con las principales economías del Pacífico.
No tienen los mismos intereses ni las mismas prioridades. Tampoco necesitan convertirse en un bloque uniforme.
Precisamente allí podría estar su mayor fortaleza: no necesitan ser iguales, sino complementarios.
Uno puede aportar financiamiento; otro, infraestructura. Uno, tecnología; otro, minerales críticos. Otro puede contribuir con manufactura, energía, logística o servicios digitales.
China entendió hace tiempo que una presencia económica sostenida puede transformarse en influencia estratégica. Las democracias del Indo-Pacífico todavía tienen margen para desarrollar una estrategia similar, pero con un modelo diferente.
América Latina, el escenario natural
América Latina podría ser uno de los espacios donde esa coordinación tenga mayor impacto.
La región necesita inversión, infraestructura, tecnología, nuevos mercados y alternativas de financiamiento. Cuenta, además, con recursos energéticos, minerales críticos, capacidad agrícola, potencial industrial y mercados digitales que la convierten en un socio atractivo.
China aprovechó esa oportunidad antes que muchos de sus competidores.
En algunos países latinoamericanos, Beijing se convirtió en un socio comercial central y, en determinados sectores, en un inversor difícil de reemplazar. Argentina es un ejemplo de una relación comercial en la que China ocupa un lugar destacado como proveedor de bienes industriales y tecnología, mientras las exportaciones argentinas continúan concentradas en buena medida en productos primarios.
Esa relación no es necesariamente negativa. El problema aparece cuando un país carece de suficientes alternativas y una relación comercial termina generando dependencia.
Por eso, más que reemplazar a China, el objetivo debería ser ampliar las opciones disponibles para América Latina.
Competir ofreciendo alternativas
Una estrategia conjunta del Indo-Pacífico no necesitaría comenzar con la creación de una gran estructura institucional.
Podría empezar con proyectos concretos en sectores estratégicos: minerales críticos, energía, puertos, logística, telecomunicaciones, semiconductores, inteligencia artificial, manufactura avanzada, agricultura y biotecnología.
El potencial está en combinar capacidades que hoy se encuentran dispersas.
Japón no necesita hacer lo mismo que Australia. India no tiene que competir directamente con Taiwán. Corea del Sur no necesita replicar el modelo japonés.
Cada uno puede aportar aquello en lo que es más competitivo.
Una red de inversiones y acuerdos de largo plazo permitiría, además, reducir la concentración de determinadas cadenas de suministro y ofrecer a los países latinoamericanos mayores posibilidades para elegir socios.
Ese punto es central.
La competencia económica no debería plantearse como una obligación para que América Latina elija entre China y sus rivales. Debería consistir en darle más alternativas.
Una mayor presencia de Japón, India, Corea del Sur, Taiwán, Australia y Filipinas podría contribuir a diversificar las fuentes de inversión, mejorar la resiliencia de las cadenas de suministro y aumentar la capacidad de negociación de los países latinoamericanos.
También existe una dimensión institucional.
Las democracias del Indo-Pacífico comparten, con sus diferencias, valores políticos y marcos institucionales que pueden convertirse en un elemento adicional de confianza para América Latina. La previsibilidad jurídica, la transparencia y la autonomía empresarial también forman parte del valor de una relación económica.
El capital es importante. La tecnología también. Pero la confianza institucional puede convertirse en una ventaja estratégica.
El desafío es coordinarse
La expansión china en América Latina no fue producto de una decisión aislada. Fue el resultado de una estrategia de largo plazo que combinó comercio, inversiones, infraestructura, financiamiento y tecnología.
Frente a esa estrategia, las democracias del Indo-Pacífico todavía actúan en gran medida de manera individual.
La oportunidad consiste en cambiar esa dinámica.
No se trata de construir un bloque destinado a confrontar con China ni de impedir que Beijing comercie e invierta en América Latina. Tampoco de sustituir una dependencia por otra.
Se trata de ampliar el abanico de opciones.
Si Japón, Corea del Sur, Taiwán, India, Australia, Filipinas y otras democracias logran coordinar sus capacidades y conectarlas con América Latina, podrían construir una plataforma económica capaz de competir por calidad, tecnología, financiamiento y previsibilidad.
El verdadero desafío para Beijing podría no ser otro país individual, sino la suma de todos ellos.
Porque una América Latina con más socios, más inversiones y más alternativas tendrá también mayor capacidad para decidir con quién quiere comerciar, qué tecnología incorporar y cómo desarrollar su infraestructura estratégica.
Y en esa competencia, la principal ventaja del Indo-Pacífico podría no ser solamente su capital o su tecnología.
Podría ser algo mucho más difícil de conseguir: confianza.














