En tiempos donde todo parece optimizable —el trabajo, las relaciones, las compras e incluso el tiempo libre—, una vieja teoría psicológica vuelve a cobrar fuerza: la felicidad no está en elegir lo mejor, sino en saber cuándo algo es suficientemente bueno.
La idea pertenece a Herbert Simon, pionero de la inteligencia artificial, referente de la psicología cognitiva y ganador del Premio Nobel de Economía en 1978. Su concepto de satisficing —una combinación entre “satisfacer” y “ser suficiente”— cuestionó décadas de pensamiento basado en la optimización permanente.
Según Simon, las personas no toman decisiones perfectas porque simplemente no pueden hacerlo. La cantidad de información disponible, el número de opciones y las limitaciones de la mente humana hacen imposible analizar cada alternativa. Frente a eso, desarrollamos atajos mentales y elegimos aquello que cumple con nuestros criterios mínimos de satisfacción.
La diferencia parece sutil, pero tiene consecuencias profundas. Mientras los “maximizadores” persiguen obsesivamente la mejor opción posible, los “satisfaccionistas” eligen algo suficientemente bueno y continúan con su vida. Y, según múltiples investigaciones, suelen ser más felices.
El costo oculto de buscar siempre lo mejor
En la actualidad, la cultura de la maximización atraviesa casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Desde aplicaciones de citas hasta plataformas de streaming y redes sociales, todo invita a seguir comparando y buscando una opción superior.
Sin embargo, diversos estudios en psicología muestran que quienes adoptan esa lógica tienden a experimentar más arrepentimiento, ansiedad e insatisfacción. La razón es simple: cuanto más se comparan las alternativas, más difícil resulta sentirse conforme con la decisión tomada.
Simon sostenía que la búsqueda constante de perfección consume recursos mentales valiosos. Por eso simplificaba al máximo sus hábitos cotidianos: usaba siempre la misma marca de calcetines, desayunaba lo mismo cada mañana y evitaba decisiones innecesarias. Su objetivo no era la austeridad, sino liberar energía mental para lo verdaderamente importante.
La paradoja de las infinitas opciones
El problema se volvió aún más evidente en la era digital. Las redes sociales amplificaron la comparación permanente y transformaron el “podría haber algo mejor” en una sensación constante.
La consecuencia no es solo indecisión. También aparece una incapacidad creciente para disfrutar el presente. Algunos estudios demostraron que las personas se aburren más cuando saltan continuamente entre múltiples videos o estímulos, en comparación con quienes se concentran en una sola actividad.
El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, conocido por desarrollar el concepto de “flujo”, resumió la idea de forma contundente: cuando alguien deja de cuestionar permanentemente sus elecciones, libera energía para vivir en lugar de gastarla preguntándose cómo debería vivir.
Una lección vigente en tiempos de inteligencia artificial
La aparición de herramientas basadas en inteligencia artificial promete optimizar cada aspecto de la vida: agendas, alimentación, productividad, consumo y creatividad. Pero, si Simon estaba en lo cierto, existe un riesgo silencioso: ampliar todavía más el universo de opciones y comparaciones.
Su propuesta, lejos de promover la mediocridad, apunta a redefinir el éxito personal. No se trata de conformarse con poco, sino de reconocer cuándo algo cumple realmente con nuestras necesidades y dejar de perseguir una perfección inalcanzable.
En una época marcada por el exceso de estímulos y decisiones, la filosofía del “suficientemente bueno” parece menos una renuncia y más una forma de recuperar tranquilidad.