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En medio de un clima social atravesado por la crisis económica, la senadora provincial e histórica dirigente del peronismo intentó justificar sus vacaciones de lujo en la paradisíaca isla de Barbados. A bordo de un exclusivo Gulfstream G-500 propiedad del empresario Francisco De Narváez, el matrimonio político celebró sus 30 años de casados. La explicación oficial —que apeló a la «austeridad» de su vida cotidiana y a la generosidad de un amigo— expuso la profunda desconexión entre la élite política y la realidad ciudadana, reabriendo el histórico debate sobre la ética pública y los favores del empresariado.

«Tenemos un amigo que tiene la enorme suerte de tener un avión», afirmó Galmarini.
La política argentina tiene una larga y sinuosa relación con los vuelos privados. Desde las valijas que cruzaron fronteras en la oscuridad de la noche hasta los viajes de placer que los dirigentes intentan mantener bajo la alfombra, los jets ejecutivos suelen ser el escenario donde la línea entre lo público, lo privado y lo éticamente reprochable se vuelve difusa. En esta oportunidad, el foco del escándalo se posó sobre el exministro de Economía y excandidato presidencial, Sergio Massa, y su esposa, la actual senadora provincial y extitular de AySA, Malena Galmarini.
El motivo: un exclusivo viaje a las playas de Barbados, en el corazón del Caribe, para celebrar su trigésimo aniversario de bodas. Sin embargo, no fue el destino lo que desató la controversia, sino el medio de transporte. El matrimonio no utilizó una aerolínea comercial, sino que se trasladó en un fastuoso jet privado valuado en millones de dólares, propiedad del reconocido empresario y exlegislador Francisco De Narváez.
Lejos de optar por el silencio estratégico, Galmarini decidió salir a dar explicaciones públicas, pero sus declaraciones terminaron operando como combustible para la indignación ciudadana.
La insólita defensa de la «austeridad»
Durante una entrevista radial, en la que fue consultada directamente sobre si no consideraba una «exageración» realizar un viaje de estas características en el contexto actual del país, la dirigente política respondió con una soltura que descolocó incluso a sus propios interlocutores. Su principal argumento de defensa se basó en la suerte de contar con amistades acaudaladas.
«Tenemos un amigo que tiene la enorme suerte de tener un avión», afirmó Galmarini, intentando naturalizar una situación que para el 99% de los argentinos resulta inalcanzable. Lejos de detenerse allí, la legisladora intentó contrastar este viaje de lujo argumentando que, en su día a día, el matrimonio Massa-Galmarini lleva una rutina libre de ostentaciones.
«Nosotros somos re contra re austeros… no salimos a comer, no vamos al teatro», justificó. Esta declaración generó un efecto rebote inmediato en la opinión pública. La premisa de que abstenerse de ir a un restaurante o comprar una entrada de teatro logra compensar éticamente o equiparar el costo logístico y simbólico de volar al Caribe en un Gulfstream G-500, operó como un claro ejemplo de la burbuja en la que parece habitar la dirigencia.
Galmarini también demostró cierta conciencia del impacto de sus palabras, aunque intentó minimizarlo rápidamente: «Entiendo que parece que suena feo —concedió en un tono de disculpa superficial— y no lo hicimos para que nadie sienta nada. Nosotros no mentimos, hace por lo menos 25 años que nuestras declaraciones juradas, ambas, son públicas».
Sin embargo, el eje del cuestionamiento social y periodístico no se centraba en la declaración jurada de bienes patrimoniales, sino en el concepto ético de aceptar dádivas o «regalos» de tal magnitud económica por parte de un empresario con fuertes intereses cruzados en el ámbito nacional.
El amigo generoso y los límites de la ética pública
El «amigo con la enorme suerte de tener un avión» no es un ciudadano anónimo, sino Francisco De Narváez, líder del Grupo De Narváez y figura de peso en el empresariado argentino. Desde el entorno del exministro de Economía se apresuraron a aclarar que el empresario «es su amigo hace 16 años» y que el costo total de la logística aérea —que en el mercado regular asciende a cientos de miles de dólares— fue simplemente «un agasajo por los 30 años de matrimonio».
Francisco De Narváez, líder del Grupo De Narváez
Es aquí donde la política colisiona de frente con la Ley de Ética Pública y el sentido común. ¿Puede un funcionario o un líder político con aspiraciones de poder aceptar un regalo de esta magnitud por parte de un empresario que regula precios, genera empleo, negocia paritarias y depende, en última instancia, de las decisiones macroeconómicas que toma el Estado?
En cualquier democracia madura, la aceptación de un vuelo privado gratuito al Caribe por parte de un magnate corporativo implicaría el fin inmediato de una carrera política o el inicio de una investigación de oficio por presunto conflicto de intereses. En la Argentina, sin embargo, se intenta reducir a una simple anécdota de aniversario sustentada en la «suerte» de tener buenos amigos.
La ruta triangular: ¿un intento de ocultamiento?
Otro de los elementos que ensombreció la travesía caribeña fue la compleja arquitectura logística utilizada para realizar el vuelo, una maniobra que en el argot aeronáutico suele interpretarse como un intento de evadir el radar mediático en los controles migratorios nacionales.
El matrimonio Massa-Galmarini no abordó el lujoso Gulfstream G-500 (matrícula N922DN) de De Narváez directamente en las pistas de los aeropuertos de San Fernando, Aeroparque o Ezeiza. Según los registros de vuelo filtrados y confirmados por la prensa, optaron por una ruta triangular. Primero, partieron desde Argentina hacia el aeropuerto de Carrasco, en Montevideo (Uruguay), utilizando otra aeronave de menor porte.
Una vez en territorio uruguayo, lejos de las miradas indiscretas y de los trabajadores aeronáuticos argentinos, abordaron finalmente el jet privado del empresario que los depositó en la capital de Barbados, Bridgetown. Para el regreso, la estrategia de triangulación se repitió, pero esta vez utilizando Asunción del Paraguay como escala intermedia antes de pisar nuevamente suelo argentino.

¿Por qué un matrimonio que asegura tener sus declaraciones juradas en orden y que define el viaje como un simple «regalo de un amigo» necesita triangular su salida del país ocultando el uso del avión principal? La falta de respuestas a esta interrogante abona la teoría de que los protagonistas sabían perfectamente que el viaje constituía, como mínimo, un suicidio en términos de imagen pública.
La impunidad simbólica de la élite
El caso del viaje a Barbados en jet privado excede a la figura de Sergio Massa o de Malena Galmarini; funciona como una radiografía perfecta de un mal endémico de la casta política tradicional argentina. Existe una asimetría moral inaceptable donde los mismos dirigentes que redactan leyes de ajuste, que administran la pobreza y que piden esfuerzos extraordinarios a los contribuyentes, vacacionan con el nivel de vida de la realeza corporativa internacional.
Las excusas que brindó Galmarini («no vamos al teatro») no hicieron más que insultar la inteligencia del ciudadano de a pie. Cuando un dirigente asume que volar en jet privado al Caribe es equiparable a una salida a cenar de fin de semana que no se realizó, está demostrando que ha perdido por completo el parámetro de la realidad. El problema no es el aniversario, ni el destino tropical. El problema es creer que el poder político otorga un salvoconducto para vivir por encima de los límites de la decencia institucional, subestimando la mirada de una sociedad que, agotada, ya no tolera el cinismo de los que dicen representar sus intereses.
- Aeronave utilizada: Gulfstream G-500 (Matrícula estadounidense N922DN).
- Capacidad y lujo: Cabina de fuselaje ancho, asientos de cuero reclinables convertibles en camas, autonomía transcontinental.
- Costo estimado en el mercado: Alquilar un jet de estas características para un viaje ida y vuelta desde el Río de la Plata hasta el Caribe, incluyendo tiempo de espera de la tripulación durante una semana, no baja de los U$S 150.000 a U$S 250.000. Un número impensable para un «regalo» tradicional.














