Jueves 24 de septiembre de 2026
Oficial $1.540,00Blue $1.560,00MEP $15.416,00

La inimputabilidad y la maquinaria de la reincidencia

9 min de lectura

El debate sobre la inseguridad, la edad de imputabilidad y el rol de los magistrados en la Ciudad de Buenos Aires acaba de sumar un testimonio que le pone rostro, nombre y angustia a las frías estadísticas delictivas. Luego del escándalo institucional desatado por la jueza porteña que frenó la aplicación de la nueva Ley Penal Juvenil —y que ahora enfrenta un pedido de juicio político impulsado por el propio Jefe de Gobierno, Jorge Macri—, la víctima de un violento asalto perpetrado por un adolescente de 14 años decidió romper el silencio. Su crudo relato expone la impotencia de los ciudadanos de a pie frente a un sistema judicial que, amparado en el garantismo y en los vacíos legales de la minoridad, consagra la impunidad y devuelve a los delincuentes a la calle en cuestión de horas.

El caso, que ha encendido nuevamente las alarmas en el seno de la sociedad civil y en las esferas del Ministerio de Seguridad, refleja una matriz que se repite a diario en los barrios porteños y en el conurbano bonaerense. La víctima, cuya identidad se preserva por temor a represalias, sufrió un asalto a mano armada a plena luz del día. El agresor, pese a su corta edad, demostró un nivel de profesionalismo delictivo y violencia física que aterró a los testigos. Sin embargo, el trauma del robo fue apenas el comienzo de un calvario institucional mucho mayor: enterarse de que, por tener 14 años, su victimario es absolutamente inimputable ante la ley argentina y que la Justicia dispuso su sobreseimiento inmediato, ordenando su restitución a sus tutores legales.

«Los jueces viven en otra realidad, alejados de la calle»

ley penal juvenil 600x393 1

«No se puede caminar por la calle, vivimos encerrados mientras ellos entran y salen. Tienen 14 años pero manejan armas de grueso calibre, te apuntan a la cabeza y saben perfectamente que no les va a pasar nada», expresó la víctima en declaraciones que rápidamente se viralizaron y generaron un profundo impacto en la opinión pública. Su indignación no apunta únicamente al joven delincuente, sino principalmente al entramado judicial que legitima esta situación.

El testimonio apuntó directamente contra la magistrada que en los últimos días bloqueó las reformas que buscaban terminar con la «puerta giratoria». Para la víctima, la decisión de sobreseer al menor sin imponerle ningún tipo de medida socioeducativa estricta, encierro cautelar o seguimiento institucional riguroso, representa una burla para quienes sufren las consecuencias del delito. «La jueza que firma desde un escritorio no es la que tiene el arma en la cabeza cuando va a tomar el colectivo a las seis de la mañana. Protegen los derechos del delincuente menor de edad, pero ¿dónde están los derechos humanos míos, que soy una trabajadora que paga sus impuestos y que ahora tiene pánico de salir de su propia casa?», cuestionó con crudeza.

Esta fractura entre el sentido común de los vecinos y las resoluciones de ciertos juzgados de menores expone una crisis de legitimidad en el Poder Judicial. Las víctimas perciben que las normativas internacionales y los tratados de Derechos del Niño —que los jueces suelen citar para justificar la liberación de menores— son utilizados como escudos burocráticos para no hacerse cargo del problema de fondo: la existencia de adolescentes que representan un peligro letal para sí mismos y para terceros.

La inimputabilidad y la maquinaria de la reincidencia

El nudo gordiano de este conflicto radica en la Ley 22.278, el Régimen Penal de la Minoridad sancionado durante la última dictadura militar y que, pese a los múltiples intentos de reforma en el Congreso Nacional, sigue rigiendo los destinos del país. Esta normativa establece de manera taxativa que los menores de 16 años no son punibles. Es decir, frente a la comisión de un delito —sea un hurto simple o un homicidio agravado—, el Estado no puede someterlos a un proceso penal tradicional ni dictarles una condena.

En la práctica, cuando la Policía de la Ciudad detiene in fraganti a un menor de 14 o 15 años cometiendo un ilícito, los efectivos están obligados a dar intervención inmediata al juzgado de menores de turno. El procedimiento suele ser rutinario y frustrante para las fuerzas de seguridad: tras una revisión médica y la constatación de la edad, el juez dispone la entrega del menor a sus padres o tutores legales.

Este mecanismo es lo que las víctimas y las autoridades de seguridad denominan la «maquinaria de la reincidencia». Muchos de estos adolescentes provienen de entornos de extrema vulnerabilidad social, familias desmembradas o directamente son utilizados como «soldaditos» o mano de obra descartable por bandas narco y organizaciones criminales mayores, justamente porque las mafias conocen a la perfección este beneficio de inimputabilidad. Al devolver al menor al mismo entorno criminógeno del que provino, sin intervención real del Estado, la Justicia garantiza que el joven vuelva a delinquir al día siguiente, perfeccionando sus métodos y escalando en los niveles de violencia.

El contragolpe de Jorge Macri y el juicio político

El testimonio de la víctima asaltada por el adolescente de 14 años se inscribe en un momento de ebullición política en la Ciudad. Casos como este son la piedra angular sobre la cual el Jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, ha fundamentado su embestida contra la justicia garantista. Desde la Jefatura de Gobierno sostienen que no se puede seguir administrando la seguridad del siglo XXI con leyes del siglo XX y con magistrados que actúan como meros defensores oficiales de los imputados.

La decisión de promover el juicio político contra la jueza que frenó los artículos más duros del nuevo Régimen Penal Juvenil porteño no es un acto aislado, sino una estrategia de fondo para marcarle la cancha al Poder Judicial. Macri y su equipo de seguridad argumentan que la Ciudad había logrado aprobar herramientas legales para retener a los menores peligrosos en institutos de régimen cerrado, evitando excarcelaciones automáticas. El freno judicial a esta iniciativa es visto por el Ejecutivo como un sabotaje directo a la paz social.

«La indignación de esta vecina es la indignación de millones de porteños que están hartos», afirman desde Uspallata. El oficialismo busca utilizar la presión de la opinión pública, materializada en testimonios desgarradores como el de esta víctima reciente, para forzar al Consejo de la Magistratura a avanzar con la destitución de la jueza. El mensaje que intenta enviar la gestión de Macri es binario: se está del lado de las víctimas que reclaman seguridad para ir a trabajar, o se está del lado de la impunidad escudada en tecnicismos legales.

El debate demorado: ¿Hay que bajar la edad de imputabilidad?

Mientras el choque de poderes se libra en los despachos institucionales, en las calles el debate recobra fuerza en torno a una pregunta que divide a la sociedad política argentina desde hace décadas: ¿Es momento de bajar la edad de imputabilidad a los 14 o 13 años?

Los sectores que proponen la baja argumentan que un adolescente de 14 años en la actualidad comprende perfectamente la criminalidad de sus actos, sabe distinguir entre el bien y el mal, y tiene plena conciencia del daño que causa al empuñar un arma de fuego. Apuntan a que países de la región y del primer mundo (como Brasil, Uruguay, España y gran parte de Estados Unidos) tienen regímenes donde los adolescentes responden penalmente por sus actos, bajo sistemas adaptados a su edad, pero con consecuencias efectivas.

En la vereda de enfrente, organismos de derechos humanos, Unicef y sectores de la centroizquierda judicial, incluyendo a la magistrada hoy cuestionada, advierten que el endurecimiento punitivo no soluciona la criminalidad urbana. Argumentan que encerrar a adolescentes de 14 años en cárceles (aunque se disfracen con el nombre de institutos de menores) solo genera universidades del delito que devuelven a la sociedad a criminales más resentidos y perfeccionados. Para este sector, la solución pasa por una inversión masiva en prevención, educación, salud mental y políticas de inclusión estructural que arranquen a los chicos de las garras del narcotráfico antes de que cometan su primer robo.

El futuro inmediato y una sociedad rehén

Más allá de las posturas ideológicas y los debates académicos, la cruda realidad es que hoy la sociedad es rehén de una parálisis institucional. Las comisarías se llenan de actas con menores detenidos y liberados en la misma jornada; los jueces argumentan tener las manos atadas por legislaciones obsoletas o por sus propias convicciones garantistas; los políticos prometen mano dura sabiendo que el cuello de botella está en los tribunales, y en el medio de ese fuego cruzado quedan los ciudadanos.

El sobreseimiento del ladrón de 14 años y la angustia de su víctima no son una anomalía, sino la regla operativa del sistema actual. Mientras el pedido de juicio político contra la jueza porteña sigue su curso legal y amenaza con convertirse en el gran escándalo político del año, miles de vecinos del AMBA modifican sus rutinas, cambian de recorridos y viven con el temor constante de cruzarse con delincuentes que, por su fecha de nacimiento, tienen licencia absoluta para robar y lastimar sin que el Estado tenga las herramientas o la voluntad política de detenerlos.

Compartir
Categorías
Sitio protegido por Google reCAPTCHA. Ver políticas de privacidad y términos de servicio.

Desarrollo Web Efemosse