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El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá dejó un gran nivel futbolístico, pero también una serie de escándalos. Desde la deportación del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan hasta la intervención del presidente Donald Trump para anular una sanción a Folarin Balogun, la política y la organización del torneo generaron múltiples controversias.
La organización del Mundial 2026, coorganizado por Estados Unidos, México y Canadá, no solo ha sido noticia por el alto nivel de juego en el césped. La política migratoria estadounidense y el accionar de su presidente, Donald Trump, generaron múltiples polémicas que empañaron el desarrollo del torneo. El primer gran escándalo ocurrió antes incluso del partido inaugural, con la deportación del árbitro Omar Abdulkadir Artan.
El colegiado nacido en Somalia, designado para ser el primer africano en dirigir en una Copa del Mundo, fue retenido y deportado el 5 de junio en el aeropuerto de Miami. Las autoridades alegaron «problemas de verificación» de antecedentes, pero el hecho fue interpretado por muchos como un acto discriminatorio. Artan, de 34 años y recientemente elegido mejor árbitro de África, fue recibido como un héroe en Mogadiscio. La UEFA, en un gesto de respaldo, lo designó para arbitrar la final de la Supercopa de Europa.
Este caso fue solo el preludio de otras situaciones similares. Durante el torneo, se reportaron retenciones y registros a las selecciones de Irak (cuyo capitán Aymen Hussein fue detenido en Chicago), Uzbekistán y Senegal, todas ellas sometidas a controles exhaustivos por parte de las autoridades migratorias de EE.UU. La selección de Irán, además, fue deliberadamente aislada en México, lejos de las sedes de sus partidos, por la tensión política entre su gobierno y la administración Trump.

«Lo único que hice fue pedir [a la FIFA] que se revisara la jugada, porque no me pareció falta… Y bueno, creo que tengo buen ojo para estas cosas.»
— Donald Trump, presidente de EE.UU., admitiendo su llamada a Gianni Infantino.
🔴 EL CASO BALOGUN: UN PRECEDENTE PELIGROSO
La polémica más sonada del torneo llegó en los octavos de final, durante el partido entre EE.UU. y Bosnia-Herzegovina. El delantero estadounidense Folarin Balogun fue expulsado con roja directa por una dura entrada sobre Tarik Muharemovic. Sin embargo, horas antes del siguiente partido de EE.UU. contra Bélgica, el presidente Trump reveló que había llamado personalmente a Gianni Infantino para solicitar la revisión del castigo. La FIFA anuló la roja y levantó la suspensión de dos partidos, una decisión sin precedentes que enfureció a la federación belga. Bélgica impugnó la decisión, pero la FIFA declaró «inadmisible» su petición, argumentando que no era parte en el procedimiento.
La injerencia directa de Trump en la decisión arbitral fue condenada por amplios sectores del periodismo y del deporte internacional. El presidente, desde el Despacho Oval, restó importancia al asunto: «Yo ni siquiera sabía qué demonios era una tarjeta roja. Cuando me lo explicaron, pensé que era una broma», declaró. La FIFA, dirigida por Infantino, no emitió un comunicado oficial condenando la intromisión, lo que generó suspicacias sobre la cercanía entre el mandamás del fútbol y el mandatario estadounidense. Balogun jugó el partido contra Bélgica, pero EE.UU. cayó estrepitosamente por 4-1, en un encuentro donde la polémica encendió a los jugadores belgas.
El favoritismo mostrado con el caso Balogun contrastó con la decisión de la FIFA en otro incidente similar. Solo dos días antes, el defensor inglés Jarell Quansah había sido expulsado por roja directa. Inglaterra apeló, pero la FIFA no aplicó el mismo procedimiento, y el jugador se perdió los cuartos de final y las semifinales. Este doble rasero alimentó las críticas hacia la organización del torneo y la influencia del país anfitrión.
🔴 OTRA POLÉMICA: EL FORMATO Y LAS PAUSAS PUBLICITARIAS
El nuevo formato del Mundial, con 48 selecciones, y la decisión de la FIFA de dividir cada tiempo en dos cuartos de 22:30 minutos para incluir pausas de hidratación y espacios publicitarios, fueron fuertemente abucheados por los aficionados en los estadios. La interrupción del juego rompió el ritmo y fue percibida como una concesión a los intereses televisivos. La FIFA, que ya había anunciado que la final tendría un descanso de media hora, finalmente redujo la última pausa a 17 minutos, tiempo que se aprovechó para montar un espectáculo con Shakira, Justin Bieber, Madonna y el grupo BTS.













