6 min de lectura
La revista británica destacó al polo como uno de los sectores más competitivos de la Argentina, con capacidad para atraer capital extranjero, exportar caballos y conocimiento y desarrollar tecnología aplicada a la genética equina.
Argentina suele ser reconocida internacionalmente por sus recursos energéticos, su producción agropecuaria y su potencial minero. Sin embargo, existe una actividad mucho más pequeña y especializada que logró construir una verdadera economía propia y convertirse en referente mundial: el polo.
Así lo destacó The Economist en un reciente artículo dedicado al desarrollo de esta disciplina en el país. La revista británica describió al polo argentino como una “burbuja” económica dentro de la Argentina, con sus propias reglas, inversiones, servicios y cadenas de valor.
El fenómeno puede observarse especialmente en el corredor que une Pilar y General Rodríguez, en la provincia de Buenos Aires. Allí, donde décadas atrás predominaban los campos rurales, actualmente se multiplican los clubes, las caballerizas, los establecimientos de cría y las instalaciones vinculadas exclusivamente con el polo.
“Hace veinticinco años vine aquí por primera vez. No había nada”, contó a la revista Maximiliano Fernández, mánager de un equipo. Hoy, ese mismo territorio concentra buena parte de la actividad de una industria que logró proyectarse mucho más allá de las fronteras argentinas.
El talento argentino que domina las canchas
La ventaja competitiva argentina no se limita a la infraestructura. El país se convirtió en una potencia mundial gracias a una combinación de tradición, disponibilidad de caballos, condiciones naturales y talento deportivo.
Según The Economist, 27 de los 30 principales jugadores profesionales de polo del mundo son argentinos. Una supremacía que se mantiene desde hace décadas y que convirtió al país en una referencia obligada para quienes buscan jugadores, caballos y conocimiento especializado.
La influencia argentina también se extiende a la cría. Los principales establecimientos desarrollaron programas de selección genética que permitieron mejorar de manera constante el rendimiento de los caballos destinados a la alta competencia.
Un dato refleja la dimensión de esa ventaja: de los 1.140 caballos que participaron el año pasado en la Queen’s Cup británica, alrededor de 1.000 tenían sangre argentina, de acuerdo con los datos citados por la publicación.
Una industria que también exporta caballos y conocimiento
El negocio alrededor del polo excede ampliamente a los jugadores y los torneos. Incluye criadores, veterinarios, petiseros, herradores, entrenadores, arquitectos, clubes, establecimientos rurales y empresas vinculadas con el desarrollo genético.
Durante los primeros once meses del último año, Argentina exportó 2.900 caballos a 38 países, de los cuales aproximadamente el 75% estaba destinado al polo. De esta manera, el país se consolidó como líder mundial en las exportaciones vinculadas con este segmento.
La industria también incorporó innovación tecnológica. Los criadores argentinos invirtieron en investigación y desarrollo y avanzaron en técnicas de reproducción y clonación de caballos de alto rendimiento.
Uno de los casos más conocidos fue el de un clon de Dolfina Cuartetera, considerada una de las grandes yeguas de la historia del polo argentino, que llegó a venderse por unos USD 800.000.
La evolución tecnológica también abrió debates regulatorios. La aparición de caballos genéticamente modificados llevó a la Asociación Argentina de Polo a establecer restricciones para su participación en competencias oficiales.
Una economía que atrae dólares del exterior
Uno de los aspectos que más llamó la atención de The Economist es la capacidad del polo argentino para atraer inversión extranjera incluso en períodos de fuerte inestabilidad económica.
Los denominados patrons, jugadores o empresarios extranjeros de gran poder adquisitivo que financian equipos y participan del circuito, llevan capital al país, compran tierras, contratan profesionales y adquieren caballos.
Ese dinero genera, a su vez, una cadena económica que alcanza a trabajadores y proveedores de distintos rubros: desde petiseros y herradores hasta veterinarios, entrenadores y profesionales vinculados con el diseño y la construcción de instalaciones.
El veterinario Juan Martín Batistuta contó a la revista que hace dos décadas trabajaba principalmente con caballos de carrera y que actualmente dedica casi toda su actividad a los caballos de polo. “Nunca estuve más ocupado”, señaló.
La expansión tampoco quedó concentrada en Buenos Aires. Según el artículo, el número de clubes creció en distintas provincias, desde Córdoba hasta la Patagonia. Actualmente, Argentina cuenta con 177 clubes de polo.
La ventaja competitiva que resiste la volatilidad
El contraste con la economía argentina es uno de los puntos centrales del análisis de la revista británica. Mientras la actividad económica atraviesa ciclos de expansión y contracción, el polo mantiene una dinámica propia, sostenida en buena medida por el capital internacional y por una demanda global que reconoce la calidad argentina.
La creciente exposición internacional también contribuyó a ampliar el alcance de la disciplina. A la tradicional transmisión de los principales torneos se sumaron producciones audiovisuales y contenidos que acercaron el polo argentino a nuevas audiencias.
Para The Economist, el caso del polo constituye un ejemplo de cómo una industria puede aprovechar una ventaja competitiva específica, desarrollar conocimiento especializado, incorporar tecnología y atraer capital extranjero para construir una posición de liderazgo internacional.
En ese sentido, el fenómeno trasciende al deporte. Argentina no solo exporta jugadores y caballos: exporta genética, servicios, conocimiento y una marca asociada al polo de alta competencia.
La revista incluso plantea que el Gobierno de Javier Milei podría observar este sector como un ejemplo de una actividad que consiguió sostener su competitividad global pese a las dificultades de la economía local.
Mientras la Argentina busca consolidar sus grandes apuestas productivas —desde Vaca Muerta hasta el agro y la minería—, el polo ofrece una particularidad: una industria pequeña en escala, pero extraordinariamente competitiva a nivel mundial, capaz de atraer inversión y generar exportaciones desde un conocimiento desarrollado durante generaciones.















